Economía, fuerza y democracia en un mundo casi bipolar

Los recientes acontecimientos en torno a Venezuela, incluidas informaciones contradictorias sobre presiones externas y reacciones internacionales, han vuelto a poner de relieve una realidad que trasciende con mucho el ámbito nacional. Venezuela no es la causa del problema, sino un síntoma de cómo funciona hoy el poder global y de por qué la democracia atraviesa una crisis estructural que no puede explicarse únicamente en términos internos o ideológicos.
Históricamente, el orden mundial se ha impuesto mediante la fuerza militar. Imperios y Estados se expandieron a través de ejércitos, conquistas y guerras. Sin embargo, incluso en esas etapas, la fuerza nunca actuó sola: siempre estuvo respaldada por intereses económicos, control de recursos y rutas estratégicas. La diferencia del presente no es la desaparición de la fuerza, sino su reubicación funcional. Hoy la fuerza militar ya no es el centro del mando, sino el último garante de un poder previo: el poder económico-geopolítico.
Ese poder se estructura en torno a cuatro ejes decisivos: finanzas y moneda, energía y recursos críticos, tecnología y datos, y logística y rutas comerciales. Quien controla estos ejes puede condicionar economías, gobiernos y sociedades sin necesidad de recurrir de inmediato a la intervención armada. Sanciones, acceso al crédito, estándares tecnológicos o suministro energético se han convertido en instrumentos de primer orden. La guerra queda como recurso extremo, cuando los mecanismos económicos dejan de ser suficientes.
En este contexto, el mundo avanza hacia una configuración casi bipolar, aunque muy distinta de la Guerra Fría clásica. No se trata de dos bloques ideológicos cerrados, sino de dos grandes ecosistemas de poder. Por un lado, un bloque apoyado en finanzas globales, control monetario, tecnología avanzada y capacidad sancionadora. Por otro, un bloque centrado en producción industrial, energía, recursos y construcción de rutas alternativas. Muchos países no eligen libremente entre ambos; orbitan según sus dependencias económicas y estratégicas.
El papel de China debe entenderse desde esta lógica. No como actor ideológico, sino como actor sistémico. Su estrategia se basa en la paciencia económica, la expansión de infraestructuras, el comercio y la financiación, evitando la confrontación militar directa. China no busca exportar un modelo político, sino asegurar estabilidad para su desarrollo y ampliar su margen de maniobra en un sistema históricamente dominado por otros. Su posición ante conflictos como el venezolano responde a este enfoque: defensa formal de la soberanía y rechazo a la intervención unilateral.
Aquí emerge el problema central: la democracia ha quedado desalineada respecto al poder real. La democracia avanzó cuando el Estado podía gobernar su economía y cuando el poder era visible y controlable. Hoy, en cambio, la economía es global, el poder es transnacional y opaco, y las decisiones estratégicas se toman fuera del alcance del control ciudadano. Las instituciones democráticas gestionan consecuencias, pero no gobiernan el sistema.
Por ello, la crisis democrática no es un fenómeno local ni cultural, sino estructural. Cuando la democracia no decide quién decide, se convierte en un mecanismo de legitimación y contención, no de mando. De ahí el auge de autoritarismos y la normalización de discursos de “seguridad” que excluyen decisiones clave del debate público.
En conclusión, Venezuela, el papel de China y la configuración casi bipolar del mundo forman parte de un mismo proceso histórico: el desplazamiento del poder desde la política democrática hacia la economía geopolítica, con la fuerza militar como garante final. El gran debate del siglo XXI no es ideológico, sino estructural: o la democracia logra gobernar el nivel del poder económico global, o quedará reducida a una gestión interna del descontento.