Sin vivienda y sin democracia abierta no hay futuro progresista

El acto “Un paso al frente”, convocado por Movimiento Sumar junto a Más Madrid, IU y Comuns, dejó una

constatación evidente: el proyecto progresista no puede limitarse a resistir. Tiene que abrirse, reformarse y afrontar sin rodeos los problemas estructurales que están erosionando la confianza ciudadana.

Lara Hernández lo expresó con claridad: “Debemos cambiar si queremos que todo cambie”. La frase no es retórica. Es una advertencia. Cuando la ciudadanía percibe que las instituciones no resuelven sus problemas esenciales, la frustración se convierte en desafección. Y la desafección es el terreno donde crecen las fuerzas que cuestionan derechos y libertades.

Ernest Urtasun alertó sobre los intentos de condicionar la libertad cultural. No es un detalle menor. Cuando se limita la libertad de expresión o se instrumentaliza la financiación pública, la democracia retrocede.

Antonio Maíllo apuntó a lo esencial: vivienda, sanidad, educación, campo, calidad democrática. Y es ahí donde el debate deja de ser ideológico y se vuelve vital.

Porque hoy el problema estructural más urgente es la vivienda. Sin acceso a una vivienda digna y asequible, millones de jóvenes no pueden emanciparse, las familias destinan porcentajes desorbitados de su renta al alquiler y la inseguridad se instala en la vida cotidiana. No estamos ante un fenómeno coyuntural; estamos ante un fallo sistémico que exige reformas de calado.

Junto a ello, consolidar y mejorar la sanidad pública y la educación universal no es una opción, es una obligación. Cuando los servicios públicos se debilitan, se agrandan las desigualdades.

Pero hay un cuarto elemento que atraviesa todos los demás: la calidad democrática.

Si los partidos políticos funcionan con mecanismos cerrados, si las candidaturas se deciden en espacios reducidos y si la rendición de cuentas es insuficiente, la ciudadanía se siente ajena al proceso. No basta con pedir confianza; hay que merecerla.

Por eso resulta imprescindible reconfigurar la Ley Orgánica de Partidos Políticos para garantizar participación ciudadana real, listas abiertas y mecanismos efectivos de rendición de cuentas. No como concesión, sino como reforma estructural que fortalezca el sistema democrático.

En este contexto, el liderazgo adquiere relevancia. Y es imposible ignorar el papel que ha desempeñado Yolanda Díaz en la construcción de Movimiento Sumar y en la articulación del actual gobierno progresista.

Su proceso de escucha activa recorriendo el país no fue un gesto simbólico; fue la base de un proyecto plural que logró conjugar sensibilidades territoriales diversas. Su implicación en los pactos que sostienen el gobierno fue decisiva. Y como ministra de Trabajo, su capacidad de diálogo social produjo reformas que han tenido impacto real en la vida de millones de personas.

Hoy, cuando el proyecto progresista necesita consolidarse y ampliarse, no parece razonable prescindir de quien ha demostrado capacidad de tejer acuerdos y de gobernar en escenarios complejos. No se trata de personalizar el proyecto, sino de reconocer trayectorias.

Si “Un paso al frente” significa algo, significa esto: resolver de manera decidida el problema de la vivienda, reforzar sanidad y educación, y abrir de verdad la democracia a la ciudadanía.

Sin vivienda asequible no hay cohesión social.
Sin listas abiertas y rendición de cuentas no hay confianza política.
Sin liderazgo dialogante no hay proyecto estable.

La esperanza progresista no se mantiene con consignas, sino con reformas estructurales y apertura real.

El momento exige valentía. Y también coherencia.

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