El Elche CF vive un momento decisivo. Y cuando llegan las dudas, conviene recordar quién ha sostenido

este proyecto desde el primer día. Eder Sarabia no es el problema: es el mayor acierto deportivo del

club en muchos años. El entrenador que nos devolvió a Primera, que construyó un equipo valiente, competitivo y reconocible, y que ha demostrado que el Elche puede mirar a los ojos a cualquiera. A cualquiera.
Un equipo que llegó a soñar en grande
Antes de que se desmantelara su estructura, el Elche de Sarabia no solo funcionaba: deslumbraba. El equipo llegó a encadenar siete partidos imbatido, desplegando un fútbol valiente, asociativo y de personalidad arrolladora. Ese impulso lo llevó a ocupar puestos de Champions League, un hecho histórico que devolvió la ilusión a toda una ciudad.
Y no fue casualidad. El Elche le jugó de tú a tú a todo el mundo, sin complejos, sin miedo y con una identidad reconocible. El ejemplo más claro fue el Elche 2–2 Real Madrid del 23 de noviembre de 2025: un partido en el que el equipo sometió al campeón de Europa, dominó el juego, se adelantó en el marcador y tuvo al Madrid contra las cuerdas. Solo un final agónico —y un empate polémico que el VAR ni revisó— evitó una victoria histórica.
Ese era el nivel del Elche de Sarabia. Ese era el proyecto que ilusionaba. Ese era el equipo que podía competir con cualquiera.
Un arquitecto al que le desmontaron la obra
Ese equipo existía. Ese equipo funcionaba. Pero ese equipo fue alterado desde fuera del campo.
En el mercado de invierno, el club decidió desprenderse de dos titulares indiscutibles: Álvaro Núñez y Rodrigo Mendoza. No hablamos de rotaciones, hablamos de pilares. Núñez era fiabilidad, polivalencia y equilibrio. Mendoza era talento puro, un canterano diferencial y el mayor activo deportivo del club.
Ambas operaciones fueron rentables, sí. Pero el fútbol no se sostiene solo con balances. Y menos cuando la afición ha hecho sacrificios históricos para sostener al club: renunciar a su accionariado, financiar el estadio con sus plazas de aparcamiento, mantener vivo un mercadillo que es patrimonio social y económico de la ciudad.
Por eso duele que, con un patrimonio que podría superar ampliamente los cien millones de euros, considerando todos los activos actualmente liberados y el valor intrínseco de competir en Primera División —una categoría que por sí sola genera decenas de millones en derechos televisivos—, la propiedad optara por deshacer una estructura deportiva que funcionaba en lugar de reforzarla. No se trata de “hacer caja”: se trata de haber debilitado al equipo en el peor momento posible.
Y más aún cuando el fútbol demuestra cada temporada que todo es posible: ahí está el ejemplo del Villarreal, una población cercana y mucho más pequeña que Elche, que ha sabido construir un modelo sólido y llegar a Champions League. El mensaje es claro: con proyecto y convicción, los sueños se cumplen.
Y no olvidemos que el Elche ha tenido presidentes que entendieron ese camino: José Esquitino, Martínez Valero y Diego Quiles, referentes de estabilidad, identidad y respeto a la afición.
Una plantilla corta, castigada y descompensada
Sarabia ha tenido que competir sin sus mejores herramientas: lesiones en cadena, ajustes forzados y una plantilla reducida que perdió su equilibrio natural. Aun así, con la plantilla inicial, el técnico había logrado una combinación excelente, un bloque que funcionaba a la perfección y que él manejaba con precisión táctica y emocional.
La unión como única salida
Con el Valencia en el horizonte, el Elche necesita estabilidad, no más incendios. Necesita memoria. Necesita respeto.
Porque Sarabia ha demostrado nivel, carácter y un compromiso absoluto. Porque ha hecho competir al Elche como hacía décadas que no veíamos. Porque su éxito es el nuestro. Y porque esta afición, que lo ha dado todo, merece un proyecto que no se rompa desde dentro.