Este mes de mayo se cumplen quince años de la histórica acampada de la Puerta del Sol, un hito que despertó la conciencia democrática de nuestro país bajo el lema «No somos mercancía en manos de políticos y banqueros». Recordar el 15-M no es un ejercicio de nostalgia, sino una necesidad analítica para entender el presente.
La gran fortaleza fundacional de aquel movimiento, coordinado inicialmente por plataformas civiles como Democracia Real Ya, radicó en su estricta transversalidad y apartidismo. Logró sentar en las plazas a ciudadanos de toda índole e ideología, unidos por una exigencia unánime de transparencia, reforma electoral y regeneración ética. Sin embargo, la posterior evolución institucional demostró la vigencia de las viejas dinámicas de la política española.
Al igual que ocurrió en el histórico Congreso de Suresnes en 1974, donde el pragmatismo electoral obligó a sacrificar las esencias teóricas en el altar de la disciplina interna, el posterior asalto a las instituciones devoró la horizontalidad original de las plazas. Las estructuras jerárquicas y las lógicas endogámicas de la partidocracia terminaron por subordinar el pensamiento libre autogestionario a la rigidez de las maquinarias de votación vertical controladas desde Madrid.
Quince años después, el verdadero legado del 15-M no habita en los escaños ni en los ministerios, sino en el sustrato ético de una sociedad civil que demostró que es capaz de organizarse de forma autónoma. La lección sigue vigente: la democracia real se defiende cada día extramuros de las instituciones, mediante la fiscalización ciudadana y el pensamiento crítico.