Por: Redacción Deportiva
El fútbol moderno padece una enfermedad crónica y peligrosa: la amnesia selectiva. La reciente e inesperada marcha de Eder Sarabia del banquillo del Elche CF es el último y doloroso síntoma de una grada que, devorada por la exigencia inmediata, es incapaz de valorar los milagros cuando los tiene delante. El técnico vasco se marcha por motivos familiares y personales, sí, pero nadie puede ocultar que el asfixiante ruido de fondo de un sector de la afición aceleró un desgaste mental que ha terminado por apartarle de los banquillos.
Hagamos memoria, aunque a algunos les escueza el ejercicio. Eder Sarabia cogió a este equipo y, contra todo pronóstico, firmó una primera vuelta antológica. Con una propuesta valiente, vistosa y de autor, colocó al Elche CF en puestos de Champions League. Sí, leyeron bien: el Elche compitiendo de tú a tú con los transatlánticos de Europa. El Martínez Valero disfrutaba de un fútbol de muchos quilates que colocó el listón en las nubes.
Pero en el fútbol, el éxito prematuro a veces se convierte en una condena. Llegó el mes de enero y, en lugar de apuntalar un proyecto con aroma europeo, la propiedad del club decidió hacer caja. Se desmanteló el bloque, se debilitó el fondo de armario y se dejó al entrenador desarmado ante los leones de la Primera División. Reconstruir un equipo a mitad de temporada, manteniendo la misma exigencia de resultados, es una utopía que roza lo imposible.
Fue entonces cuando aparecieron los críticos de siempre. Aquellos sectores que, con una alarmante falta de perspectiva, empezaron a tachar el sistema de Sarabia de «inflexible» o «estéril» durante la lógica caída de la segunda vuelta. Es de una miopía futbolística tremenda culpar al director de orquesta cuando desde los despachos le han quitado los mejores instrumentos. Sarabia no fracasó en el tramo final; Sarabia resistió con lo que tenía. El objetivo prioritario de este club jamás fue jugar la Champions, sino consolidar la permanencia en la élite, y eso se logró de forma matemática.
Es profundamente injusto que una parte de la grada haya pitado el pase horizontal o haya tildado de soberbia la valentía de un técnico que siempre defendió a sus futbolistas y a su idea. Afirmar que el Elche se salvó «por el demérito de otros» es restar un mérito gigantesco a un cuerpo técnico que ejerció de pararrayos de una gestión institucional muy cuestionable.
Sarabia se va como un caballero, sin levantar la voz, rompiéndose emocionalmente al recordar el sufrimiento de su propia familia en este circo romano llamado fútbol profesional. El Elche CF mantiene su plaza en Primera División, pero pierde a un entrenador de una honestidad incalculable. Ojalá el tiempo ponga en valor su obra y la grada del Martínez Valero entienda, tarde o temprano, que la permanencia de este año fue el verdadero éxito de un hombre al que le exigieron tocar el cielo con las manos atadas a la espalda. Gracias por el fútbol, Eder.