
Elche se encuentra en un momento decisivo. No por la ejecución de una obra concreta ni por la celebración puntual de un foro, sino por algo mucho más profundo: la necesidad de definir, de una vez por todas, qué modelo de ciudad quiere ser en las próximas décadas.
Hablar de Elx 2035 no es hacer un ejercicio de planificación teórica. Es reconocer una realidad evidente: la ciudad ha crecido sin una verdadera estructura territorial integrada. El resultado es una desconexión funcional entre elementos clave como el aeropuerto, el AVE de Matola o el Parque Empresarial. Infraestructuras estratégicas que, en lugar de actuar como un sistema, funcionan de forma aislada.
El eje Alicante–Elche–Murcia es uno de los corredores económicos más dinámicos del sureste peninsular, pero sigue sin contar con una red de transporte metropolitano eficaz. La conexión ferroviaria directa con el aeropuerto, la integración real entre AVE y Cercanías o la creación de una estación en el Parque Empresarial no son aspiraciones futuristas: son necesidades básicas para competir y para cohesionar el territorio.
Pero reducir el debate a las infraestructuras sería un error. El verdadero reto es el modelo de ciudad.
La movilidad, por ejemplo, sigue siendo uno de los grandes déficits estructurales. El predominio del vehículo privado, la falta de una red ciclista continua o la escasa coordinación del transporte público con pedanías y universidad evidencian que la sostenibilidad sigue siendo más un discurso que una realidad. La implantación efectiva de zonas de bajas emisiones y un sistema metropolitano coordinado no pueden seguir aplazándose.
Sin embargo, el problema más urgente no está en cómo nos movemos, sino en cómo vivimos.
El acceso a la vivienda se ha convertido en el principal factor de desigualdad urbana. Y aquí Elche no es una excepción, sino un reflejo claro de un problema estructural que afecta a todo el país. Durante años se ha insistido en políticas de oferta a largo plazo que no resuelven la urgencia actual, mientras miles de ciudadanos quedan atrapados entre precios inaccesibles y falta de alternativas reales.
Es necesario un cambio de enfoque. La rehabilitación de barrios consolidados, la activación de vivienda asequible y la utilización de instrumentos que permitan convertir la demanda en acceso efectivo —como avales públicos o fórmulas tipo “cheque vivienda”— deben situarse en el centro de la estrategia. No se trata solo de construir más, sino de hacer accesible lo existente y planificar con criterios sociales.
El caso del barrio de San Antón es, en este sentido, paradigmático. Más de 700 viviendas afectadas por un plan que ha demostrado ser incapaz de dar respuesta a sus propios objetivos. Desalojos como el del Bloque 8, falta de mantenimiento y una planificación que ha ignorado la realidad social del barrio evidencian un fallo estructural.
San Antón no es solo un problema urbanístico. Es la prueba de que, cuando la planificación se aleja de las personas, termina generando exclusión en lugar de soluciones. La regeneración urbana no puede basarse únicamente en el derribo y la sustitución, sino en la rehabilitación, la participación vecinal y la garantía efectiva del derecho a permanecer en el barrio.
Junto a estos retos, Elche cuenta también con oportunidades claras. La conexión entre la Universidad Miguel Hernández y el Parque Empresarial, el potencial del Palmeral de Elche como motor de un turismo sostenible o la capacidad de su tejido productivo para adaptarse a nuevos modelos económicos son activos que deben ser integrados en una estrategia global.
Pero nada de esto será posible sin un cambio en la gobernanza. La experiencia demuestra que los planes que no incorporan procesos participativos reales están condenados al fracaso. La transparencia, la implicación de los barrios y la creación de espacios de decisión compartida no son elementos decorativos: son condiciones necesarias para que cualquier proyecto de ciudad sea viable.
Elx 2035 no puede ser un documento más. Debe ser un punto de inflexión.
Elche no necesita más diagnósticos ni más anuncios. Necesita una estrategia coherente, sostenida en el tiempo y centrada en las personas. Una estrategia que conecte infraestructuras, pero también derechos; que impulse la economía, pero también la cohesión social; que mire al futuro sin olvidar los errores del pasado.
Porque el verdadero reto no es planificar la ciudad.
Es hacerla habitable.